Se puso delante del espejo y sin prisa, sintiendo como los instantes descansaban a su lado, quietos, asombrados, como ella, por aquel repentino descanso, procedió a mirarse sin escondites, sin miedos, sin atormentarse en su imagen.
La tarde fue esponjando sus colores por la habitación hasta inundarla toda de horizonte y camino.
El espejo indiscreto pero amistoso, mostraba su interés por aquel cuerpo que trasmitía la impresión de flotar en la densidad de un espacio inmaculado.
No había alcanzado a extasiarse con las suaves curvas, los redondeados pliegues, las líneas ascendentes, los limites de su contorno, cuando un impulso se instaló en su mente arrebatándole aquel segundo de límpida observación.
Luchó por evitar aquel vértigo, espoleó con rabia la voluptuosa sensación de estar siendo ocupada por dentro en un intento por salvarse para siempre.
La noche había dejado sus abalorios en el espejo y los restos de luz huían desconcertados hacía el escondite que dibujaban las cortinas.
Un vuelo trenzado en el rincón del alma donde los amores fracasan, avivó su desesperanza y cuando su mirada quiso encontrarse en el azogue, solo pudo descubrir el contorno de un grito helado que la despertó sin ternura alguna.
Tendría que volver a intentarlo de nuevo.