Donde la sutil mirada se adormece y descansa, más allá del confín del horizonte, habita un sueño de norias y ventiscas.

Allí donde solo suceden estrellas y dormitorios, en ese lugar sombrío en el que moran los duendes, transcurre un viento de dedos y posturas abismadas.

Los dos amantes se miran y juegan a esconder su saliva de almizcle por evitar un torbellino en los cristales.

Saben que todo es improbable, que el tiempo congeló la sangre de la vida, que es viejo y trasnochado el nuevo amanecer y que tan solo las bestias perdurarán al cataclismo.

Donde los espejos no tienen fondo y se asoman al pozo oscuro del vacío, allí cabalgan juntos el desdén y la impotencia.

En ese lugar en el que los sucesos son de piedra y arenisca, allí, se aleja el fondo del horizonte y se estremece el don de la existencia.

Y es de este modo como nadie sabe nada de lo pasado y sin embargo no podemos evitar encender el fuego de mañana con aquello que vive aplastado en lo oscuro.