Bajé hasta la calle con la intención de comprar unas cervezas con las que calmar la sed y la emoción que pudiera producirme el desarrollo del partido que la selección española jugaba contra la selección de Francia por la clasificación para el próximo mundial de fútbol.

Entré el la vieja bodega que surte de vino y otros licores a medio barrio de lavapies y me dispuse a esperar turno detrás de los innumerables clientes que a esa hora esperan bebiendo al autobús que ha de transportarles hasta los pueblos de la periferia de Madrid.

Un hombre de unos cincuenta y tantos años me precedía en la fila y cuando me dirigí a él para saber si era el último o guardaba vez por algún compañero, advertí en sus ojos una mirada profunda que se quedaba como asida a mis pupilas.

Me aseguró que él era el último y añadió, a modo de intención para iniciar una conversación mientras la espera se difuminaba en el tiempo, que aquella bodega, era un negocio redondo gracias a la sed de aquellos que esperaban.

Sin mucho propósito por establecer aquel cruce de verbos que se me proponía, sonreí y miré hacia el bodeguero atareado. Mi predecesor en la fila insistió en el lazo trenzado de la conversación y me ofreció un cigarrillo que yo no acepté mientras comunicaba a mi interlocutor mi rechazo al tabaco.

Ahí fue donde él vio abrirse una ventana a la posibilidad de coses unas palabras mientras la espera. Me comunico con una seguridad y una desvergüenza dignas de un héroe de epopeya que él solo tenía ese vicio y el de su insaciable adicción a las mujeres.

A todo esto, habíamos avanzado en la fila y le llegó el turno de hacer su pedido. Solicitó un botellín de Mahon Clásica y esperó a un lado con la clara intención de retomar la conversación conmigo en cuanto yo hiciera mi pedido.

Yo cargué con las cervezas solicitadas y después de saludar al bodeguero (le conozco desde hace muchos años) me dispuse a salir camino de la promesa de fútbol que me esperaba en casa. Pero aquel hombre me tomó del brazo y mirándome sin miedo y con una pizca de violencia asomando a sus ojos, me invitó a beber juntos mientras charlábamos en la acera de la calle. No soy ni cobarde, ni generoso en exceso, pero no fui capaz de rechazar aquella invitación y me dejé llevar hasta el banco cercano hacia el que mi interlocutor ya se estaba sentando.

Entonces sentí como en el pecho de aquel “amigo” se expandía un horizonte de sucia luz que le impelía al empujón, al verbo fácil pero nada somero. Estaba dispuesto a poner el brocal del pozo oscuro todo lo que le atormentaba y yo supe que no vería el partido que la selección española jugaría esa tarde contra la selección de Francia por la clasificación para el mundial

Estuve unos treinta minutos, más o menos, mirando el movimiento de aquellos labios que de un modo convulsivo me pintaron un modo de gozar del sexo que jamás hubiera podido imaginar en aquel hombre que me miraba como atraído por un espejo inexistente.

Me dijo sin pudor ninguno, que se gastaba el sueldo semanal en beber y en pagar en los burdeles para que una mujer le hiciese feliz por unos minutos. No podía prescindir de aquellas “aficiones” como las llamaba él. Vivía solo desde siempre y tan solo reservaba una pequeña cantidad de sus emolumentos semanales para el pago del alquiler del piso que habitaba.

Ellas me vuelven loco – me dijo- No puedo dejar de pagar una o dos veces a la semana para que muestren sus cuerpos desnudos delante de mis ojos y que se muevan caminando por la habitación de pago. Solo puedo acceder a unos minutos de placer, pero me basta. Cuando ellas se pasean en cueros por delante de mi, yo me excito y cuando se aproxima el fin del crédito de tiempo y ya no aguanto más la erección de mi pene, me abandono a la eyaculación y viajo a un mundo que está muy lejos y que solo yo conozco.

Asombrado por lo que estaba escuchando pregunté: pero ¿así es como usted tiene sexo? ¿Se corre viendo como una mujer a la que ha pagado, camina desnuda delante de usted? ¿No tiene ningún contacto con ellas?

Mirándome muy fijo al interior de los ojos, como buscando un sentimiento perdido me contó que desde hacía veinte años era viudo y que en el lecho de muerte su mujer le hizo prometer que no tocaría jamás a ninguna otra hembra.

Se levantó, me pregunto si quería otra cerveza y ante mi negativa, se acercó al mostrador dejándome sentado y con la certeza de que no volvería al banco donde yo estaba. Él había dado por concluida la conversación y ahora esperaba el último en la fila de la bodega del barrio ha hacer su pedido de cerveza.

España perdió con Francia por dos a uno. Y nos quedamos sin mundial.